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De Plegarías y Valor

22 May

El viejo templo siempre había estado allí, sus muros mudos testigos de días antiguos. El centenario edificio sagrado se erguía en el umbrío bosque, no muy lejos de la linde norte de la floresta, allí donde la primera línea de árboles casi se confundía con algunas de las casas que marcaban la frontera entre la naturaleza y la vida domesticada de Villa Argenta, la antigua capital de un reino que el paso de los siglos había hecho crecer y trasladar su trono a ciudades más grandes y céntricas. Ahora Villa Argenta era una población más, un marcador como otro cualquiera en un mapa que las conquistas habían hecho crecer por los cuatro puntos cardinales. Pero el templo seguía en su sitio, acogido en el seno de un tupido hayedo, que en otoño pintaba de rojos, naranjas y dorados las paredes y alfombra del bosque.

Tantos eran los años pasados desde que alguien hubiese vuelto a poner pie en el templo, que ya nadie recordaba a qué deidad de un remoto pasado estaban dedicadas aquellas cuatro paredes que alguna vez contuvieron hermosos relieves y pinturas de una era ya perdida en la memoria de los hombres. Sin embargo, era evidente que tiempo atrás había sido un lugar de peregrinaje, pues las losas del suelo estaban desgastadas por el paso de muchos pies y bajo la difusa estatua de facciones irreconocibles podían verse el polvo y las cenizas de antiguas ofrendas.

La maleza había crecido en sus muros exteriores y poco a poco el bosque había comenzado a invadir el interior, reclamando para sí la roca, el cristal y el acero, vistiéndolos de verdes y marrones. De la doble hoja que alguna vez había sido su puerta, no quedaban más que los oxidados goznes de hierro. El vidrio coloreado de las ventanas había desparecido por completo, dejando tras de sí metal oxidado y retorcido en los huecos que ahora las plantas trepadoras conquistaban enredando en ellos sus zarcillos y hojas, tamizando la luz del día que trataba de colarse en el interior del templo. Varios pájaros habían hecho de los huecos abiertos en las paredes sus nidos y alguna alimaña había encontrado refugio de los elementos allí.

Pero pese a todo, pese al olvido y la naturaleza conquistadora, el templo se mantenía en pie, obstinado y ajado, pero erguido con el orgullo de la memoria de un pasado más glorioso, cuando fieles de muchos lugares distantes venían a visitarlo y depositar sus ofrendas a los pies de la estatua que presidía el altar. Envuelto en las penumbras sempiternas del bosque, parecía esperar dispuesto a nuevos files que ya no vendrían.

Y así lo encontró la niña que venía corriendo por el bosque, abriéndose paso por un sendero que la maleza había invadido y casi borrado de la existencia. La pequeña, que no tendría más de once o doce veranos, huía de un grupo de jóvenes que habían intentado retenerla cuando se cruzó con ellos de vuelta a la villa, a su casa, y que ahora trataban de darle caza.

La niña sabía que el bosque entrañaba diferentes peligros, pero le gustaba pasear por él, incluso cuando sus padres le habían advertido de no ir sola allí. Disfrutaba recorriendo los senderos que conocía, como el que llevaba al pequeño claro donde una zorra y sus cachorros tenían la madriguera, o el que llevaba a uno de los arroyos que cruzaban la floresta y donde muchas veces había lanzado a navegar diminutos barquitos hechos con palos y astillas, o el que conducía a las zarzamoras cargadas de deliciosos y dulces frutos con la llegada del otoño. Siempre que podía, se «escapaba» al bosque al terminar sus tareas y jamás hasta ahora había tenido problemas. Quizás fue la confianza adquirida lo que la hizo despreocuparse de los peligros latentes del lugar y no prestar la atención debida al camino que seguía.

Cuando vio a los jóvenes ya era demasiado tarde para tratar de ocultarse; por un momento se miraron unos a otros, eran cuatro jóvenes que no sobrepasarían la veintena, la niña no los reconoció, pero un escalofrío recorrió su cuerpo al ver las espadas que pendían de sus cintos, quizás eran soldados o mercenarios o simples maleantes que estaban de paso por la zona, en cualquier caso sus padres siempre le decían que evitase a gentes armadas. Cuando una sonrisa nada agradable se asomó al rostro de uno de ellos, la niña solo sintió ganas de echar a correr y eso fue lo que hizo, ignorando los gritos de los jóvenes que le pedían que se detuviera, que no le iban a hacer ningún daño. Pero todos sus instintos la impelían a seguir corriendo, a salir del bosque e ir hacia su casa. Sin embargo, el pánico había hecho presa en ella y el miedo le hizo errar su camino y tomar un sendero que nunca antes había seguido.

Trastabillando en la maleza, arañándose el rostro con las ramas bajas de los árboles, salió al hayedo donde se alzaba el viejo templo. Vaciló apenas un instante y entró en el edificio envuelto en las sombras del atardecer al oír las pisadas cercanas de de sus perseguidores. Deseó con todas sus fuerzas que la semipenumbra del lugar la ocultase de los jóvenes y dirigió sus pasos hacia el fondo, al altar y la estatua sin facciones que se alzaba sobre él. Temblando, alzó la mirada hacia la imagen cuyo rostro el tiempo y los elementos habían borrado y le pidió ayuda en un mudo ruego que acompañó de un puñado de moras que había recogido esa misma tarde.

«Ayúdame, por favor. Haz que pasen de largo. No dejes que me encuentren y prometo que no volveré a venir al bosque sola». No sabía a qué dios le estaba rezando, pero el sacerdote de la iglesia de Villa Argenta siempre decía que los dioses escuchaban a los justos y buenos, a los que dejaban ofrendas a cambio de sus peticiones. Luego su padre siempre decía que aquello no eran más que pamplinas, que era uno mismo y no ningún dios el que debía ayudarse a sí mismo y luchar para lograr sus objetivos y prosperar en la vida. La niña era muy pequeña aún para discernir dónde residía la verdad, pero en su miedo quiso creer que el dios que representaba aquella estatua podría ayudarla, protegerla de los jóvenes.

Se ocultó lo mejor que pudo entre las sombras que proyectaba el altar y casi contuvo la respiración cuando oyó los pesados pasos de los jóvenes detenerse ante el templo.

—¿Dónde se ha metido?

—No ha podido ir muy lejos.

—Seguro que se ha metido ahí dentro.

La niña se encogió sobre si misma y volvió a rogar al dios sin nombre de aquel templo que la ayudara. Había oído tantas historias terribles de lo que le pasaba a la gente que era asaltada en bosques y caminos…

«Por favor».

—¿En esa viaje ruina? No sé… —Uno de los jóvenes dudaba y la niña se permitió un atisbo de esperanza—. ¿Quién querría entrar ahí?

—¿Te da miedo un viejo edificio? —preguntó burlón otro de ellos.

—¿Qué? No digas estupideces. Vamos, echemos un vistazo.

La pequeña tembló de nuevo, pero trató de no hacer ni un solo ruido. Sin embargo, controlar su agitada respiración era casi imposible y los jóvenes no tardaron en descubrirla.

—Ah, ahí estás —dijo uno de ellos mirándola directamente—. Vamos, ven, no te haremos ningún daño.

El joven le tendió una mano, todo sonrisas y voz amable, pero la niña sabía que no debía confiar, podía sentir la amenaza que representaban, podía verlo en el fondo de sus ojos. Demasiado asustada para hablar, negó con la cabeza y se encogió un poco más en las sombras del altar.

—Venga, ¿nos vas a hacer ir a buscarte? —El mismo joven bajó la mano y sacudió la cabeza—. Si es lo que quieres… —Se encogió de hombros e hizo una seña a sus compañeros para que le siguieran hacia el altar.

«Por favor, por favor, por favor…» repetía en su interior la pequeña, demasiado consciente de que de allí no había escapatoria.

—Ya verás qué bien lo pasamos. —Los cuatro sonrieron, acercándose cada vez más.

Quizás era el momento de seguir las palabras de su padre y buscarse su propia suerte. Cerró un momento los ojos, tomó aire y elevó una última plegaria al dios sin nombre y rostro por si acaso. Armándose de un valor que no sentía, se lanzó hacia la salida, esperando que la sorpresa bastase para dejar atrás de nuevo a los jóvenes. Y por un momento pareció conseguirlo, los cuatro tardaron unos segundos en reaccionar cuando salió disparada hacia ellos, sin embargo no fue suficiente y uno de ellos acertó a agarrarla de un brazo y tirar de ella hacia atrás.

—¡Eh! ¿A dónde crees que vas? —inquirió sujetando su otro brazo con fuerza y atrayéndola hacia él.

—¡Suéltame! ¡Suéltame! —pateó con fuerza y logró conectar uno de sus pies con la espinilla de su captor.

—¡Ah! ¡Estate quieta! —Indignado por el golpe, la zarandeó con violencia.

—Jajaja, parece que el gatito tiene uñas. —Rió el que a todas luces era el cabecilla de aquel grupo—. No la sueltes, Simm.

—No pretendo hacerlo, pero creo que lo mismo deberíamos atarla o algo, no se está quieta —sugirió el tal Simm mientras trataba de evitar que se liberara de su presa.

La niña no tenía intención de parar de sacudirse, de tratar de escaparse, pero con el paso de los segundos era más consciente de lo fútiles que estaban resultando sus desesperados intentos. Los otros tres les rodearon, sus sonrisas volvían a ser desagradables y en sus ojos leyó una expresión que mandó escalofríos por toda su espalda. El cabecilla se quitó el cinturón de la espada.

—Sí, será mejor que la atemos —dijo dando un paso hacia ella.

Pero no se lo iba a poner fácil; lanzó una patada con todas sus fuerzas contra su rodilla y acto seguido le pegó un fuerte mordisco en el brazo a su captor. Dos aullidos de dolor se elevaron entre las sombrías paredes del templo.

—¡Zorra! —gritó su captor, que de un fuerte empellón la envió al suelo, el golpe contra las viejas losas sacó todo el aire de sus pulmones y el dolor se extendió por todo su cuerpo.

Pero consciente de que no había hecho más que enfurecer a los jóvenes, trató de ponerse en pie de nuevo y huir. Sin embargo, un peso nada amable cayó sobre su espalda, atrapándola contra el suelo.

—Vaya fierecilla estas hecha, ¿eh? —La voz del cabecilla sonó demasiado cerca de su oreja—. Podíamos haber sido más amables, ¿sabes? Pero ahora lo has fastidiado… —Con brusquedad tomó sus brazos y los dobló tras su espalda, a duras penas contuvo un jadeo de dolor—. Simm está muy enfadado… —Sintió la mordedura del cuero en sus muñecas mientras él le ataba las manos sin contemplaciones—. Tanto que hasta quizás le deje tener el primer turno… —La volteó—. Mmm… O no…

Con un estremecimiento de asco y miedo, sintió la mano de él deslizarse por su pecho y abdomen, las lágrimas ardieron en sus ojos, pero no les daría la satisfacción de verla llorar… o eso esperaba.

—Oh, parece que se ha calmado y vaya mirada. —Rió el hombre sobre ella.

No, no se iba a rendir, no todavía. Alzó su rodilla en un movimiento que uno de sus amigos de la villa le había enseñado por si alguna vez se encontraba en una situación similar. El alarido de dolor que escapó del hombre fue todavía más fuerte que el anterior y le produjo cierta sensación agradable de orgullo. Pero fue una pequeña victoria que duró poco, porque lo siguiente que sintió fue una fuerte bofetada en la cara, que le abrió un labio y arrancó las lágrimas de sus ojos.

—Se acabó el juego —gruñó el hombre frotándose la dolorida entrepierna—. Dentro de nada vas a desear no haber hecho eso, zorrita. Guille, agarra sus piernas, bien abiertas —sonrió siniestro y desagradable—. Simm, tu los hombros.

Pronto manos rudas se cerraron sobre sus hombros y tobillos, trató de resistirse, pero era inútil, ellos eran más fuertes que ella. El cabecilla salió de encima de ella y sacó un cuchillo de su bota; deslizó la hoja por sus ropas.

—Veamos que escondes ahí debajo…

La niña cerró los ojos al sentir el cuchillo detenerse en su cinturón e hizo lo único que podía en aquella situación, gritó a todo pulmón pidiendo ayuda.

—¡¡¡Socorro!!! ¡¡¡Ayuda!!!

Los cuatro jóvenes rieron y luego el cabecilla le dio otra bofetada para callarla.

—Nadie te va a oír aquí —le dijo—. Y ahora sigamos… —Sintió la punta metálica del cuchillo rozar su piel justo por encima de la cintura de su pantalón—. ¿Qué se dice en estos casos…? Ah, sí. Te dolerá al principio, pero luego ya verás… —Volvió a reír y el cuchillo ejerció más presión, listo para cortar sus ropas.

La niña volvió a sacudirse, trató de soltar sus piernas, cualquier cosa menos dejar que el miedo la paralizará, pero lo único que consiguió es que sus captores la agarrarán con más fuerza.

—Resístete todo lo que quieras, lo harás más diver…

La frase del cabecilla se perdió en un gorgoteo ahogado. La niña vio la hoja ensangrentada de un cuchillo atravesar su cuello, gotas de sangre caliente salpicaron su cara y su ropa; los ojos del joven paralizados en una mirada sorprendida, su cuerpo sin vida se desplomó hacia un lado. Por unos segundos, los otros tres se quedaron paralizados mirando a su líder caído, hasta que uno de ellos, el que sujetaba sus piernas, se volvió hacia la puerta.

El tipo se incorporó, llevó la mano a la empuñadura de su espada y soltó un grito ininteligible. Pero no debió ser lo suficientemente rápido; desde su posición la niña vio el brillo de una espada, un arco de sangre y su cuerpo caer al suelo, de donde ya no se levantó. Sus otros dos compañeros, salidos ya de su estupor, trataron de hacer frente a quien quiera que les estuviese atacando. Libre de sus captores, la niña se incorporó para ver una breve y mortal danza. Una figura encapuchada, envuelta en una oscura capa raída y con una espada curva en su mano dio rápida muerte a los dos hombres.

El silencio cayó sobre el templo, solo rotó por los últimos estertores de los cuatro jóvenes que yacían sobre el suelo, las desgastadas losas se bebían su sangre como si de una ofrenda sagrada se tratará. La niña tragó saliva, todavía aturdida por el giro de los acontecimientos; sin saber si sentirse a salvo o no, retrocedió un poco poniendo algo más de distancia entre ella y la figura encapuchada.

Esta debió reparar en su movimiento, pues se volvió hacia ella, bajó la capucha dejando a la vista el rostro de una mujer enmarcado por salvajes cabellos del color del fuego y unos ojos de un verde tan intenso que apenas parecían humanos.

—No tienes nada que temer —dijo la mujer, su voz era suave y en su cara había algunas cicatrices, quizás de combates pasados—. He venido a ayudar. —Alzó las manos con las palmas hacia delante y se acercó hacia ella.

La niña no pudo evitar echar una mirada a la estatua del dios anónimo y olvidado. La mujer siguió su mirada y una media sonrisa enigmática asomó a sus labios.

—Parece que alguien ha escuchado tus plegarias, ¿eh? —comentó arrodillándose a su lado.

La pequeña devolvió su atención a su salvadora, nada en ella parecía amenazante, incluso tras haberla visto matar a cuatro personas en unos pocos minutos. Sus ojos verdes la miraban amables y las manos enguantadas que tomaron las suyas para desatarlas lo hicieron con suavidad y cuidado.

—¿Có… cómo… ? —Tartamudeó, empezando por fin a relajarse.

—Pasaba por aquí y oí tus gritos de auxilio. Has tenido suerte o… —Miró un segundo fugaz a la estatua— algún ser poderoso ha decidido velar por ti. —Le guiñó un ojo mientras terminaba de desatar sus manos—. Mi nombre es Arai Korvo. ¿Puedes levantarte?

Asintió y, tomando la mano que le ofrecía la mujer, se puso en pie, una mueca de dolor se dibujó en su rostro; pasado el miedo y la tensión vividos momentos antes, los golpes y allí donde las manos la habían agarrado sin piedad empezaron a dolerle.

—Hm, parece que pusiste una buena resistencia. No parece que te hayan hecho nada grave —comentó Arai observando sus heridas y limpiando con el borde su capa la sangre de su cara como mejor podía—. ¿Vives en la villa que hay aquí cerca? —Asintió—. Bien, te llevaré de vuelta a casa.

Satisfecha con su trabajo con las heridas, Arai se volvió para marcharse, pero la niña vaciló; era cierto que no sentía amenaza alguna de aquella mujer, pero lo que había estado a punto de pasarle con esos hombres todavía estaba demasiado fresco en su mente. La mujer debió percibir su duda, porque se detuvo y se giró a mirarla.

—Te prometo que no tienes nada que temer de mí, pero para que te sientas más segura… —Se abrió la capa dejando a la vista ropas de cuero y metal, los atavíos de un guerrero, y desenganchó la larga espada de su cinturón, tendiéndosela a la niña—. Ten, llévala tú.

Algo vacilante aún, las manos le temblaban ligeramente, la niña tomó la espada envainada, el peso hizo que sus brazos bajaran de golpe, pero no la dejó caer o tocar el suelo. Alzó la mirada, Arai le sonreía. Le hizo un gesto para que la siguiera y esta vez la acompañó al exterior. El atardecer comenzaba a dar paso a la noche en el bosque circundante, aunque todavía debía quedar una hora de luz.

No muy lejos de las puertas del templo pastaba un caballo negro y blanco de pelaje largo y lustroso, un animal hermoso, de poderosos miembros, que alzó la testa al sentir la presencia cercana de su dueña. Sobre la grupa tras la silla de montar, varios fardos y alforjas. Arai pasó la mano por el cuello fuerte del caballo al llegar a su altura y luego miró a la niña.

—¿Sabes montar? —inquirió.

—No —contestó en un hilo de voz.

—Bueno, no te preocupes, ni Medianoche ni yo te dejaremos caer.

«Medianoche», le pareció un nombre bonito para aquel caballo. Permitió que Arai la alzará sobre el lomo del animal, que ni quiera sacudió las orejas al sentir su peso sobre él. La mujer montó de un ágil salto detrás de ella, con un brazo a cada lado suyo, tomó las riendas y taconeó los costados del caballo, que echó a andar a un paso tranquilo.

—Me tienes un poco en desventaja aquí, pequeña, sabes mi nombre, pero yo no el tuyo.

La niña giró un poco la cabeza para poder mirar a la persona que le había salvado de un destino terrible; solo conocía su nombre, por lo demás era una completa desconocida, aparentemente no mucho mayor que los hombres a los que había matado en el templo, sin embargo, por alguna razón extraña y desconocida, la niña se sentía segura entre aquellos brazos, como si estando en compañía de aquella mujer nada pudiera hacerle daño. Sin apenas darse cuenta, se relajó completamente, dejando que su espalda descansara contra el torso de la mujer.

—Sylvain, pero la mayoría de la gente me llama Syl. —Esta vez su voz sonó algo más segura y firme.

—Un nombre bonito. Y fuerte —comentó Arai.

—¿Fuerte? —preguntó confundida, nunca nadie le había dicho que su nombre fuese fuerte.

—Quiero decir que evoca fuerza, como el nombre de un guerrero salido de una leyenda o una gran batalla del pasado… O guerrera en este caso. —Sylvain estaba mirando al frente, pero estaba segura de que una sonrisa adornaba el rostro de Arai.

—No hay guerreros en mi familia —dijo un poco desanimada.

—Quizás tú podrías ser la primera, diría que valor no te falta.

—¿De verdad?

«Una guerrera…», pensó, nunca había imaginado esa posibilidad para su futuro, sus padres, y antes de ellos sus abuelos y sus bisabuelos, estaban a cargo del molino de la villa, un negocio próspero que pasaría a ella y sus dos hermanos pequeños cuando llegase el momento. Sylvain nunca se había atrevido a soñar con una vida diferente a la de sus padres, aunque era el deseo de aventura y de conocer el mundo más allá de su hogar lo que la llevaba al bosque una y otra vez, el anhelo todavía incomprendido de querer ampliar más y más su horizonte.

—Claro. —Una mano de Arai soltó las riendas y apretó uno de sus hombros—. Ni valor ni fuerza te faltan, eres muy joven y todos los caminos yacen a tus pies para que escojas el que tu corazón desee. Y una vez en él, solo tienes que seguir la senda con determinación y la mirada siempre al frente.

Arai retomó las riendas y el resto del camino lo hicieron en un silencio reflexivo, la pequeña Sylvain contemplando las palabras de aquella misteriosa mujer, entreteniendo por primera vez la posibilidad de buscar un destino diferente al de su familia.

Llegaron a Villa Argenta con la luz del ocaso pintando de dorado muros y calles, sus habitantes regresaban a casa o iban a las tabernas después de un duro día de trabajo. Sumida todavía en sus reflexiones, Sylvain no se fijó en la dirección que seguían ni tampoco le dio ninguna indicación a Arai para encontrar su casa, sin embargo, cuando se detuvieron y alzó por fin la mirada, allí estaba su hogar junto al molino y el río estrecho que corría junto a él moviendo su noria de madera.

—Ya estamos aquí —dijo Arai.

Iba a preguntarle cómo sabía cuál era su casa, cuando algo más llamó su atención; desde uno de los postes de la cerca que rodeaba la casa les observaba un cuervo de lustroso plumaje negro, sus brillantes ojos parecieron conectar con los suyos durante un mágico momento y algo se agitó en la memoria de Sylvain; un recuerdo de cuentos y leyendas contadas al calor del hogar en invierno, de un bardo en una posada, del sabor de la sidra caliente por primera vez en su boca y del brazo cálido de su madre alrededor de sus hombros. Nombres perdidos en su memoria resurgieron en la superficie de su conciencia: Guerreros Cuervo, Hijos del Dios de la Guerra. Miró atrás, a Arai, pero la expresión de la mujer no delató nada.

—¿Ocurre algo? —inquirió esta.

Sylvain sacudió la cabeza y dejó que la ayudará a desmontar. Sonreía al pensar que quizás sus silenciosas plegarias sí habían sido escuchadas por el dios sin nombre de aquel antiguo templo olvidado en el corazón del hayedo y que un futuro incierto pero emocionante podría esperarla tras un nuevo recodo de su camino.

– FIN –

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Publicado por en 22 mayo, 2016 en Fantasía

 

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