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En el camino que lleva a las montañas

29 Ene

Año 380 de la Era Esplendorosa

La oscura línea que marcaba las montañas Infranqueables Australes se dibujaba ante mis ojos cada día más alta y más cercana, nuestro pequeño grupo ya no tardaría en poder diferenciar algunos de sus picos y valles, de ver la nieve en las cumbres más altas, aquellas que ni siquiera a mediados de verano perdían su blanco manto. Sabía que mis hombres estaban ansiosos por alcanzarlas, pues era el destino de nuestro viaje, la meta final después de unas cuatro semanas a caballo por la Calzada de la Costa que seguía la línea del mar desde la capital del imperio hasta las mismísimas montañas, la frontera más occidental de Drunian.

Pero yo no sentía ninguna prisa por llegar allí, pues hacerlo significaría poder volver a casa, sí, pero también tener que tomar la decisión más difícil de mis veintinueve años de vida… Tendría que decidir entre mi honor y deber como miembro y oficial del Ejército Imperial y la mujer que amaba y que era el motivo central de este viaje, de esta misión, la primera que llevaba a cabo como capitana de la I Falange del III Regimiento. El mismo puesto que hasta hacía poco había pertenecido a esa misma mujer que ahora cabalgaba en medio del pelotón, las manos atadas, las riendas de su caballo enlazadas a mi silla, y la cabeza bien alta, como si los cargos de herejía y traición que la llevaban al exilio no significaran nada para ella.

Volví a mirarla de refilón una vez más, tratando de entender qué demonios estaba pasando con ella. ¿Cómo era posible que la que era conocida como la «Campeona de Arden», la mujer que había liderado y ganado tantas batallas y guerras para el imperio, hubiese traicionado a este? No lo entendía. Y lo peor de todo era que yo ni siquiera lo había visto venir. Alys y yo lo compartíamos todo… o eso era lo que pensaba hasta ahora, porque jamás se había pasado por mi imaginación o mis sueños más extremos aquello de lo que la habían acusado y que ella ni siquiera había negado.

—¿Qué? —gruñó Alys consciente de mi mirada.

—Nada. —Sacudí la cabeza y ella exhaló un suspiro que bien podría ser de exasperación.

Todo el viaje había transcurrido así entre nosotras, apenas nos dirigíamos la palabra desde que salimos de Ardrunan y lo último que nos habíamos dicho no era precisamente bueno. A Alys no le hacía especial gracia que me hubiese ofrecido voluntaria para formar parte del grupo de soldados que la llevaría hasta la frontera, vigilando que no intentase escapar o entrar en contacto con posibles rebeldes o traidores. ¿Pero cómo no iba a querer estar allí con ella?, ¿hacer aquel largo camino mientras esperaba que me diese alguna respuesta a mis mudos ruegos de una explicación? Necesitaba saber, entender por qué de repente todas sus metas y todos nuestros sueños para el futuro habían dejado de tener importancia para ella y había aceptado la pena de destierro sin protestar si quiera. Mas, por el momento, su silencio era todo cuanto tenía.

Pues muy bien, yo estaba empezando a cansarme de aquella actitud, como si todo lo que había entre nosotras, toda nuestra historia, desde que nos conocimos en la Academia Militar y nos hicimos amigas, pasando por la instrucción y todas las batallas que vinieron después, hasta que nos convertimos en amantes, no tuviera ningún sentido ya para ella. Su orgullo y cabezonería nunca me habían detenido o desanimado en el pasado, no lo iban a hacer ahora tampoco, mucho menos cuando necesitaba saber más y mejor lo que ocurría para poder tomar mi decisión.

Con la caída del sol tras las altas montañas, detuvimos la marcha y mis hombres levantaron un pequeño campamento a la vera de la calzada; la brisa marina que subía de la playa cercana refrescaba la tórrida atmósfera que habíamos sufrido prácticamente desde el amanecer y casi suspiré de alivio al poder quitarme por fin la pesada chaqueta del uniforme, el aire nocturno refrescó agradablemente mi piel bajo la fina camisa blanca. Al volverme hacia a Alys para ayudarla a desmontar, pude sorprender el fantasma de una sonrisa en sus labios, una pequeña fractura en su fachada de indiferencia.

—¿Te gusta lo que ves? —susurré para que solo ella lo oyera cuando tuvo ambos pies en el suelo. Y me retiré sin esperar su respuesta, llevándome ambos caballos al lugar donde el resto del pelotón había estacado los suyos.

No me hacía falta oírle decir nada, sabía perfectamente cuál sería su respuesta, pues era consciente del efecto que llevar puesto el uniforme verde y blanco tenía sobre ella; exactamente el mismo que el verla a ella llevándolo tenía en mí… Ahogué un suspiro, ya no podría volver a disfrutar de esa visión, Alys jamás llevaría el uniforme del ejército de nuevo.

Tras asegurar los caballos, coger mis alforjas y repartir las guardias entre mis hombres, regresé junto a nuestra «prisionera» y me senté a su lado; rebusqué en el interior de una de mis alforjas y saqué el morral en el que llevaba mis propias provisiones y las de ella. Le tendí un pedazo de cecina, algo de pan y la última cuña de queso que quedaba. No tardaríamos en hacer un nuevo alto en alguna villa para volver a aprovisionarnos. Alys tomó los alimentos como mejor pudo con sus manos atadas y se dispuso a cenar en silencio, pero yo tenía otros planes aquella noche, por eso había tendido nuestras mantas un poco apartadas del resto de soldados.

Volví a mirarla a la cada vez más menguante luz, llevaba el largo cabello rubio suelto y le caía por los hombros en suaves ondas, su perfil de facciones marcadas se recortaba serio contra el horizonte, sus ojos azules más oscuros de lo habitual, aunque su mirada seguía siendo igual de decidida; delgada, atlética y fuerte, un palmo más alta que yo, era la imagen del perfecto soldado. Y ni siquiera las desgastadas ropas que llevaba puestas deslucían esa belleza casi exótica que su herencia drasmia le confería.

—Si sigues mirándome así, darás que hablar a tus hombres, Kalí —dijo de pronto rompiendo el silencio, pero sin volverse a mirarme.

—Que hablen —respondí encogiéndome de hombros—. No es como si no supieran qué tipo de relación teníamos entre nosotras.

—¿Teníamos? —inquirió Alys a media voz y yo me guardé una pequeña sonrisa de triunfo; hablar de nosotras en pasado había atraído su atención tal y como esperaba.

—No sé, Lys… ¿Aún hay algo entre nosotras?

Ella se volvió a mirarme finalmente y pude ver el conflicto en el fondo de sus ojos rasgados; tal vez no había luchado por su posición en el ejército, por su honor, pero parecía que luchar por mí, por lo que teníamos era todavía una opción para ella.

—¿Lo hay? —Insistí de nuevo mirándola intensamente, esperando que lo que fuera a responder no acabase con todas mis esperanzas.

—Soy una traidora y una hereje, Kalí… —contestó apartando la mirada.

—Eso no responde a mi pregunta. —Y yo estaba cansada de silencios y evasivas.

—¿Qué quieres que te diga?

—La verdad, Lys.

—¿Qué verdad? —Rió sin humor y me miró de nuevo—. ¿La «verdad» que cuenta el imperio? ¿La «verdad» que cuenta la Iglesia? ¿O la «verdad» que cuenta la Alta Torre?

La miré unos segundos sin comprender a qué se refería con aquellas palabras y sobre todo, qué tenían que ver los magos en todo aquello; probablemente estaba relacionado con los motivos por los cuales la habían acusado de traición y herejía en primer lugar. Motivos que yo desconocía y Alys nunca había compartido conmigo. Y esa era una de las cosas que más me molestaban de todo el asunto, que la persona que prácticamente lo significaba todo para mí y con la que no tenía ningún secreto, me hubiese ocultado algo tan importante sobre ella misma.

—No lo entiendo… —Sacudí la cabeza—. ¿Por qué no te defendiste de las acusaciones?

—No había nada de lo que defenderme. Las acusaciones son ciertas. —Se encogió de hombros—. Además, tenían pruebas suficientes como para haberme colgado, así que puedes decir que hasta he tenido suerte.

Alys sonrió de medio lado, pero para mí aquello no tenía ninguna gracia; era cierto que el delito de traición se castigaba muchas veces con la muerte en la horca, pero la reputación de Alys y su largo historial de servicio y victorias en el Ejército Imperial le habían valido «solo» la condena al exilio, una pena que debía ejecutarse en el acto.

Pero para mi seguía sin tener ningún sentido; hacía poco más de un año, Alys se había convertido en la heroína de la batalla de Arden, ganando la ciudad tomada por los isleños de Albayen cuando todo el mundo la daba por perdida. Ambas habíamos vuelto a la capital, a casa, victoriosas y ella había recibido grandes honores por parte de la corte y hasta del propio emperador. Por eso nada de todo aquel asunto tenía sentido, Alys había servido siempre al imperio de Drunian y seguido los preceptos de la Iglesia del Sagrado Equilibrio, igual que cualquier otro ciudadano imperial y yo misma.

—Todo es una mentira, Kalí. —Sus palabras me sorprendieron de nuevo—. Una gran mentira que nos llevan contando mucho tiempo y yo me he cansado de ella. Quiero encontrar la verdad y esta no se halla en las tierras del imperio.

—¿Por eso has dejado que te acusen de traición y herejía? —pregunté confusa—. ¿Para poder marcharte? No tiene sentido, Lys.

Mi amante, mi amiga, mi antigua capitana exhaló un largo suspiro y se llevó las manos al cuello, tomando entre ellas una cadenita de oro que llevaba a su alrededor; yo sabía que lo que pendía de ella era un colgante del mismo metal labrado en forma de llama; Alys lo tenía desde que yo la conocía, había sido un regalo de su padre.

—No. Les he dejado que me acusen porque es cierto y porque con ello protegía a personas importantes para mí.

Personas importantes para ella… Solo podía tratarse de su familia, de sus padres y hermanos que vivían en una pequeña granja en Darud. Ahora empezaba a comprender, si las acusaciones eran ciertas, bien podrían salpicar al padre de Alys, que era drasmio, y ponerlo a él y a su familia en una situación más que complicada. Con lo que Alys estaba haciendo, probablemente alejaba las sospechas de su familia… Sí, estaba segura de que en su «juicio» habría insistido en decir que todo aquello era cosa suya. Aunque seguía sin comprender a qué se refería con lo de la «gran mentira».

—Y respecto a nosotras, Kalí —retomó la palabra—, tendrás que decidirlo tú. —Me dirigió una mirada suave que escondía sus verdaderos sentimientos y bajó el tono de voz a un quedo susurro—. Puedes venir conmigo al exilio, cruzar esas montañas y buscar junto a mí la verdad y el sentido de esta vida. O puedes decirme adiós a su pie y volver a casa, al honor y la grandeza conocidos, a las mentiras… Es tu decisión y yo no voy a tratar de convencerte… —Se inclinó ligeramente hacia mí—. Te sigo queriendo, Kalí, y siempre tendrás un lugar en mi corazón, pero si dentro de una semana me vuelves la espalda, no te esperaré…

Cuando terminó, se apartó de mí y se echó de costado sobre su manta, dando por terminada la conversación, aunque para mí distaba mucho de estar terminada… Pero sabía que cuando Alys decidía cerrarse sobre sí misma, era prácticamente imposible hacerla abrirse. Me había dicho lo que tenía que decirme, no quería contarme más sobre los motivos reales que cimentaban las acusaciones y su destierro y, aunque me frustraba sobremanera, en el fondo comprendía la razón; Alys me estaba protegiendo, igual que protegía a su familia. Cuanto menos supiera, menos motivos tendría la corona imperial y la Iglesia para sospechar de mí, perseguirme o acusarme de los mismos crímenes. Solo si decidía ir con ella, me contaría la verdad.

Me tumbé mirando el cielo que estaba completamente oscuro y cuajado de estrellas, Daul, la primera de las lunas ya recorría el cielo y Anil no tardaría en seguirla con su luz rojiza. Mi decisión no se había tornado más fácil y a aquel viaje hasta la frontera solo le restaban siete días; tenía que elegir entre el amor y mis ideales, entre Alys y el imperio, entre una vida en el destierro con la mujer que amaba más que a nada y una vida de éxito, honor y orgullo en el ejército y la corte. Y en última instancia tenía que decidir entre Alys y mi familia y era consciente de la vergüenza y el oprobio que podía acarrear sobre ellos si me decantaba por la primera.

Con la mirada fija en el firmamento, elevé una plegaria a Ludal, el Dios de la Guerra y mi patrón (como era patrón de todo soldado), para que me ayudara a tomar la decisión correcta, muy consciente de que Alys, probablemente, ya no creía en él y ninguno de los otros dioses del Sagrado Equilibrio. Con la pregunta de en qué creía mi amante en la mente, finalmente me quedé dormida.

*          *          *

Mantener aquella fachada de indiferencia frente a Kalí, hacer como si toda la situación no me importase lo más mínimo, no me afectase, estaba resultando la parte más difícil de todas; no había nada que desease más que poder compartir la verdad con ella, decirle todas las razones y motivos que me habían llevado a aceptar el destierro, contarle la verdad que mi propio padre nos había ido desvelando a mis hermanos y a mí desde que éramos pequeños. Hablarle de Talaia y la Esencia del Fuego, de los Hijos de los Dioses y la verdad que el imperio y la Iglesia nos habían hecho olvidar. Hablarle de la Última Hermandad y lo que la Alta Torre escondía desde tiempos remotos. Pero no podía, para protegerla debía mantenerla en la ignorancia de todo aquello hasta que decidiera si vendría conmigo o regresaría a Ardrunan.

Y sabía que aquella no iba a ser una decisión fácil para Kalí, sin apenas información sobre las razones de las acusaciones que sostenían contra mí; además, la vida que hasta ahora había llevado en el ejército, sus ascensos, el honor y respeto ganados, eran todo para ella, conseguir renombre y hacer que su familia noble se sintiese orgullosa de ella. Había sido así desde que nos conocimos en la Academia Militar, aquella escuela solo reservada para la élite de las familias nobles del imperio y a la que la hija de un «simple» granjero había conseguido llegar gracias al talento innato para el mando que poseía y la buena palabra de su primer instructor. Sí, esas mismas cosas también habían significado mucho para mí hasta hacía poco, pero tras la guerra contra Albayen todo había ido tomando un cariz distinto y me había cansado cada vez más de vivir entre tantas mentiras, sobre todo después de que mi padre me revelara el último de sus secretos, la existencia de la Última Hermandad.

Pero así estaban las cosas, las acusaciones de traición y herejía eran ciertas, y, aunque las pruebas que tenían contra mí eran meramente circunstanciales, si quería proteger a mi familia, mantenerlos fuera de la sospecha que sabía que acabaría cayendo sobre ellos, admití toda la culpa, confesé que ciertamente no creía en los preceptos de la Iglesia del Sagrado Equilibrio, que mis dioses no eran ya los suyos, sino otros que ellos habían decidido olvidar. Admití que ciertamente me había reunido con un grupo rebelde, aunque no dije exactamente contra quién y qué se rebelaban. Y finalmente acepté el castigo, el destierro. Y realmente no lo veía tan malo, al menos no cuando lo comparaba con haber podido acabar en la horca. Además, el exilio me permitía poder dejar de pretender y fingir una vida que había perdido todo el sentido para mí. Lo único que me hacía dudar de mi decisión eran Kalí y el no poder volver a ver a mi familia sabían los dioses por cuánto tiempo.

Miré al frente una vez más, hacia las grandes montañas que marcaban el final de aquel viaje para Kalí y su pelotón y que significaban el comienzo de uno más grande y largo para mí. El sol caía a plomo sobre el grupo, los soldados sudaban bajo sus uniformes y Kalí, conduciendo mi caballo, cabalgaba en silencio a mi lado, las suaves arrugas que contraían su ceño eran una clara señal de que estaba pensando en las palabras de la noche anterior, tratando de tomar su decisión. La observé unos segundos, sintiendo la misma emoción y amor que siempre sentía cada vez que mis ojos la recorrían; el cabello moreno que enmarcaba un rostro redondo y suave de tez clara, iluminado por unos hermosos ojos marrón oscuro casi negro. Kalí era ágil y fuerte, su cuerpo una afinada y perfecta herramienta entrenada para el combate. No me sorprendía que hubiese ocupado mi lugar como capitana de falange, no había nadie mejor para el puesto y los hombres y mujeres que una vez habían estado bajo mi mando, la respetaban y admiraban tanto como a mí.

Cuando Kalí notó mi mirada sobre ella, se giró hacia mí y yo aparté el rostro, volviéndome hacia el resplandeciente mar que quedaba a nuestra derecha; no podía dejar caer mi fachada, no todavía al menos. Kalí tenía que decidir por sí misma qué era más importante para ella, si nosotras o el Ejército Imperial. Y cada vez faltaba menos para llegar a las montañas. Y sinceramente, si al final se decantaba por el deber y el honor, aquel «no te esperaré» que le había dicho se tornaría cierto. El destierro ya sería lo suficientemente duro, como para vivirlo sin ningún tipo de compañía.

Los días que siguieron trajeron una extraña mezcla de sentimientos. Por un lado quería llegar cuanto antes a las montañas y poner fin de una vez a este desgraciado viaje a través de las tierras del imperio; pero por otro quería que el tiempo se detuviese o, al menos, que no fuese tan rápido, podría haber aceptado mi destierro y marchar al exilio con la cabeza bien alta, mas eso no quería decir que no me importase dejar familia, amigos y posiblemente a mi amante atrás. Cruzar las montañas, entrar en Drasmara era decir prácticamente adiós para siempre a la vida que había tenido hasta ahora y a la gente que formaba parte de ella, porque si alguna vez volvía a poner un pie en Drunian, todo soldado tenía orden de matarme a primera vista. No, seguramente jamás regresaría, aquel era un viaje solo de ida.

—¿Cuidarás de Frud? —pregunté a Kalí al final de la penúltima jornada de camino, cuando el somero campamento estuvo montado. Las montañas Infranqueables se erguían majestuosas e imponentes ante nuestros ojos, las últimas luces del ocaso bañando sus paredes, farallones y valles de oro rojo y dorado. La sabiduría popular decía que no había camino o senda que las cruzase por completo, pero lo cierto era que sí existía un pequeño sendero que conducía al otro lado de aquella muralla natural, aunque eran pocos los que conocían de su existencia; mi padre era uno de ellos y me había dicho cómo encontrarlo, conocimiento que había tenido que memorizar, porque hubiese sido peligroso plasmarlo en un mapa.

—¿Es en tu estúpido gato en lo que estás pensando ahora? —Gruñó Kalí más que preguntar; era evidente que todavía estaba enfadada por nuestra «falta de comunicación» y mi poca claridad en todo el asunto. Además, esta sería la última noche que tendría para pensar y tomar una decisión; seguir con su vida como si nada hubiese pasado y yo ni siquiera existido o venir conmigo más allá de aquellas altísimas cumbres coronadas de blanco.

—Ey, Frud no es estúpido —no pude evitar contestarle y defender a mi pobre mascota, esa enorme bola de pelo gris a la que ya no podría volver a ver. Con un pelotón de soldados «escoltándome» fuera del palacio imperial y la capital nada más ser dictada mi sentencia, no había tenido tiempo si quiera de pasar a recogerlo, mucho menos de llevarlo a la granja de mis padres—. Solo quiero asegurarme de que alguien se hará cargo de él.

—Haberlo pensado antes de dejar que te condenasen al exilio —dijo e hizo ademán de volver con el resto de sus hombres.

—Espera, Kalí. —Se detuvo y se giró a mirarme—. Tienes razón, pensar ahora en Frud es una tontería… Y la verdad es que él no es lo primero en mis pensamientos estos días. —La miré a los ojos esperando que entendiese el mensaje que subyacía bajo mis palabras.

—Entonces explícamelo todo para que pueda entenderlo. Para que pueda tomar la decisión que me pides que tome. —Había entendido y ahora eran sus ojos los que me rogaban a mí.

—No puedo decirte más de lo que ya te dije. —Sacudí la cabeza y me dejé caer al suelo, sentándome con las piernas cruzadas.

Kalí exhaló un largo suspiro de pura frustración y me dedicó una larga y profunda mirada, como si tratase de descubrir toda la verdad que mi obstinado silencio escondía.

—Me pides demasiado, Lys —dijo finalmente—. No sé… —su voz vaciló unos instantes—. No sé si podré abandonar toda mi vida por seguirte a ti… Dioses… —Esta vez el suspiro fue casi un gemido de dolor y el corazón se me encogió en el pecho al ver su expresión atormentada. En ese momento estuve a punto de contarle todo, pues odiaba ser el motivo de su confusión y dolor, pero contuve mi lengua, debía ser fuerte, era la única forma de protegerla, aunque eso fuera precisamente lo que finalmente nos separara para siempre.

—Lo siento, Kalí. —Disculparme era lo único que podía hacer ahora.

Ella soltó una pequeña risa amarga y sacudió la cabeza.

—Sí, yo también lo siento… —y dicho aquello se volvió y se fue.

La vi darle unas someras órdenes a sus soldados y después desaparecer en la creciente oscuridad de la noche. Tenía la sensación de que aquella noche Kalí no iba a dormir mucho, ni yo tampoco, pues el día siguiente iba a marcar el futuro de nuestras vidas, juntas o separadas.

Con las primeras luces del amanecer insinuándose en el cielo, afrontamos el tramo final de aquel viaje, apenas un puñado de kilómetros hasta el mismísimo pie de las montañas, donde aquellos soldados me «animarían amablemente» a poner rumbo norte sin volver la vista atrás.

Kalí no me dirigió la palabra y apenas me miró ni cuando me ayudó a montar, ni cuando tomó las riendas de mi caballo, ni cuando nos pusimos en marcha; intenté leer la expresión de su cara, pero fui incapaz, mi propia ansiedad confundía mis sentidos. El momento había llegado, era el final y dentro de unas horas ya no habría marcha atrás, ni patria, hogar o cálidos brazos a los que volver… Dentro de unas horas nos diríamos adiós para siempre o lograría llevarme un pedazo de felicidad conmigo, solos los dioses lo sabían.

Con el sol de mediodía nos detuvimos finalmente, habíamos alcanzado nuestro destino y las primeras estribaciones de las Infranqueables se alzaban hacia el cielo ante nosotros, jirones de nubes y brumas acariciaban sus cumbres y valles más altos. La tensión crecía entre los soldados a mi alrededor, mientras desmontábamos y Kalí desataba finalmente mis manos, doloridas y algo entumecidas después de días ligadas. Quizá los hombres temiesen que un grupo de rebeldes nos estuviese esperando allí, dispuestos a liberarme y yo a irme con ellos, pero la realidad era que nadie me esperaba, que no había rebeldes ocultos entre los árboles del bosque cercano.

Con las manos libres y encarando las montañas, el corazón se me aceleró en el pecho, había llegado el momento decisivo, pronto sabría si haría aquel camino en solitario o con la única persona que más me dolía dejar atrás.

—Son impresionantes, ¿verdad? —dijo Kalí de repente, situándose a mi la lado, los brazos cruzados sobre el pecho y el resto del pelotón a unos pasos de nosotras; aquellos hombres podían temerme, incluso despreciarme por los delitos de los que se me acusaba, pero en el fondo aún recordaban que una vez habían servido bajo mi mando y todas las victorias a las que los había llevado.

—Sí, lo son. —Tragué saliva y sentí como mi falsa bravura, mi fachada tan bien construida comenzaba a tambalearse ante el peso de lo que estaba a punto de pasar.

Había aceptado mi castigo e incluso abrazado la idea de alejarme del imperio, la Iglesia, la Alta Torre y sus mentiras, pero ahora que iba a internarme en las montañas, que no volvería a ver a la gente que me importaba, que el nombre de Alys Talao ya no evocaría respeto y orgullo, sino vergüenza y maldiciones… Ahora sentía de verdad todo el peso de mis acciones y decisiones. Llevé una mano al pecho, la puse sobre el colgante de la llama y pedí a Talaia que me diese la fuerza y el valor necesarios para seguir adelante, ayuda para encontrar la verdad que tanto ansiaba encontrar y dar mejor sentido a mi vida. También le hubiese pedido un mapa para encontrar el dichoso sendero que habría de llevarme al otro lado de las montañas, pero uno debía ser consciente de las cosas que podía pedirle a los dioses.

Sonriendo de medio lado ante aquel pensamiento, me volví hacia Kalí y le dije que estaba lista. Ella me miró y cuando nuestros ojos se encontraron el mundo pareció detenerse a nuestro alrededor y en aquella mirada nos dijimos muchas cosas sin necesidad de palabras. Nos conocíamos desde hacía muchos años, llevábamos cuatro siendo pareja, teniendo una vida en común donde la guerra, el honor y el deber habían sido el telón de fondo para nuestra historia y ambas sabíamos que esos cuatro años no eran suficientes, que nuestro tiempo todavía no había terminado. Si nos separábamos aquel día, las dos podríamos acabar encontrando nuevas personas de las que enamorarnos, pero en el fondo sabíamos que nunca llegarían a significar lo que Kalí y yo significábamos la una para la otra… Era mi amante y mi mejor amiga, mi mano derecha, mi lugarteniente, la persona que mejor me conocía y entendía; habíamos reído y llorado juntas, ganado batallas y perdido amigos, sangrado y sobrevivido a nuestras peores heridas. Y cuando el mundo de la guerra, la sangre y la muerte se hacía a veces demasiado que soportar, ella estaba allí para mí y yo para ella. Éramos nuestro refugio y hogar, nuestros brazos el único lugar en el que nos sabíamos a salvo.

Y todo eso pude verlo en el fondo de sus ojos oscuros y sentí más que supe qué decisión había tomado. Mi media sonrisa dio paso a una completa y Kalí asintió ligeramente. Con un gesto me indicó que esperase y se dirigió hacia el pelotón. No pude oír lo que le dijo a sus hombres, pero por las caras que pusieron, era evidente que no estaban muy complacidos con la idea de que su nueva capitana hubiese decidido abandonarlo todo por seguir a una traidora y hereje, aunque tampoco parecían muy sorprendidos con su decisión; la misma Kalí lo había dicho, conocían perfectamente la relación que había entre nosotras.

Tras unos gestos de despedida, el pelotón se volvió y se puso en marcha de vuelta a la capital, Kalí, nuestras espadas, un arco y carcaj de flechas prestados y un parco equipaje en mano, se reunió conmigo, encarando de nuevo las montañas. Lástima que no nos hubiesen dejado un caballo también, pero no se podía tener todo.

—¿Estás segura? —inquirí más seriamente.

—Me gustaría poder decirte que no he estado más segura en mi vida de nada que esto, pero no sería verdad —sonrió—. Lo cierto es que no sé muy bien lo que estoy haciendo echando toda mi vida al traste por una mujer —rió suavemente y mi sonrisa se ensanchó aún más—, pero lo cierto es que ni todos los honores que pudiese ganar en el ejército, en la corte o para mi familia significarían nada, si tú no estás a mi lado para compartirlos, Lys.

Asentí más que complacida y feliz de oír aquellas palabras y pasé un brazo por sus hombros, la atraje hacia mí y dejé un beso en su sien… Dioses, llevaba días muriéndome por poder volver a tocarla de aquella manera.

—Me alegro de que vengas conmigo y siento…

—No. —Me acalló poniendo un dedo sobre mis labios—. Ya está bien de disculpas. Ambas hemos tomado nuestra decisión y ahora solo podemos mirar hacia delante. —Me tomó de la mano y tiró de mí hacia el interior de aquel bosque al pie de las montañas—. Espero que sepas encontrar un camino que nos lleve a la tierra de tus antepasados, porque no me haría nada de gracia pasarme el resto de mis días dando vueltas por estas montañas.

—Creo que podré dar con uno —reí siguiéndola, ambas dando la espalda a la tierra que nos había visto crecer y la única vida que hasta ahora habíamos tenido.

El futuro era algo más que incierto para nosotras y puede que nos diese algo de miedo, pues aunque fuera la patria de origen de mi padre, Drasmara era un lugar completamente desconocido para las dos, sin embargo, con Kalí a mi lado me sentía capaz de afrontar cualquier adversidad que el destino pusiera en nuestro camino. Con ella junto a mí mi vida tenía más sentido y la búsqueda de aquella verdad que me había propuesto encontrar sería menos dura y tendría mayor valor si podía compartirla con ella.

Un viaje había llegado a su fin y otro más grande e importante comenzaba para nosotras, una nueva vida que esperaba que ninguna de las dos viviéramos lamentado decisiones pasadas, porque ambas habíamos resuelto seguir a nuestros corazones y eso era todo lo que de verdad importaba.

. — FIN — .

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Publicado por en 29 enero, 2015 en Fantasía

 

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