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Memorias de Tredon

24 Nov
Memorias de Tredon

El silencio que reinaba en la gran habitación solo era roto por el rasgar de una pluma sobre el papel, ninguna de las mujeres allí presentes había dicho nada en varias horas, algo que aunque no era inusual, aquel día estaba resultando enervante. Pues aquel no era un silencio cómodo, sino uno cargado de tensión, de palabras que querían ser pronunciadas, pero que permanecían retinadas tras prietos labios. La más joven de las mujeres, vestida a la usanza de los guerreros, blanca librea y espada al cinto, estaba de pie frente a uno de los ventanales, los brazos cruzados sobre el pecho. La otra, envuelta en una túnica clara, con el largo cabello cayendo suelto por sus hombros, estaba sentada a una enorme mesa de madera oscura, cargada de papeles, pergaminos, rollos y voluminosos tomos de cubiertas ajadas. Tras la cristalera, un cielo límpido invernal se abría sobre la ciudad a los pies de la colina.

La guerrera de pelo castaño parecía mirar al infinito a través de la ventana, mientras la otra mujer trabajaba en su mesa sobre algunos de los papeles que la poblaban, la mayoría referentes a la ciudad que gobernaba, Tredon, y la Hermandad cuya cabeza representaba como Suma Sacerdotisa, de vez en cuando miraba a su paladín; estaba acostumbrada a la seriedad y profesionalidad con las que la joven se comportaba, pero aquel día algo era distinto, el ceño fruncido, los ojos aguamarina oscurecidos y la obvia tensión que se adivinaba en su postura. Además, últimamente solo se veían cuando la guerrera estaba de servicio a su lado y a eso había que sumar que hacía ya cinco noches que no pasaba la noche con ella, siempre alegando una u otra excusa.

El denso y cargado silencio empezaba a resultarle incómodo a la Suma Sacerdotisa, las evasivas y la falta de respuestas claras frustrantes, así que se volvió hacia ella para intentar sacarle algunas palabras.

—¿Estás molesta con algo, Siranna? —inquirió con algo más de dureza de la que pretendía, usando el nombre completo de la joven.

—Mmm… ¿Debería estarlo, Gya? —respondió encogiéndose de hombros.

La mujer suspiró exasperada y, dejando la pluma en el tintero, se levantó y se acercó a la guerrera, esta vez no iba a dejar que la evitase sin más.

—Si no me dices qué es lo que te pasa, no podré adivinarlo.

—Eres la Suma Sacerdotisa, deberías poder hacerlo. —Ni siquiera la miró cuando dijo aquello, los ojos fijos todavía en el paisaje que se abría tras la ventana.

—Así no vamos a ninguna parte. —Suspiró y decidió probar de otra manera—. ¿He hecho algo para que te enfades conmigo?

—No sé… —De nuevo el encogimiento de hombros y la falta de contacto visual.

—Por… el Báculo de la Diosa —juró Gya, empezando a perder ligeramente la paciencia. —Siran mírame y dime qué es lo que te ocurre, ¿por qué estás así? Llevas días sin apenas hablarme y no tengo ni idea de por qué, de si he hecho algo para ganarme este trato frío que me estás dando. Además, te echo de menos… —Puso una mano sobre el brazo derecho de la guerrera, pero esta se apartó de ella dando un paso hacia atrás, liberándose del contacto. Gya trató que la expresión de su rostro no delatase el daño que aquel gesto le había producido.

Siranna descruzó los brazos y alzó la mirada hacia ella, los ojos aguamarina preocupados y con un brillo peligroso en el fondo.

—¿De veras quieres saberlo? —preguntó.

—Sí.

—Eres tú… —dijo entre dientes, sin duda alguna conteniendo las emociones que se escondían tras aquella mirada encendida—. Si estoy así es por tu culpa. Había oído rumores, que prefería ignorar, pero ya no puedo más; la gente habla y no puedo evitar oírlos y todo me hace dudar…

—¿De qué? —inquirió, porque Gya ya sabía a qué tipo de rumores se refería la joven, ella llevaba varios años oyéndolos, prácticamente desde que había tomado el manto de Suma Sacerdotisa de la Hermandad; con el tiempo había aprendido a ignorarlos y vivir con ellos.

—De ti. —Y por un momento apartó la mirada, como si se avergonzara de reconocer aquello, pero enseguida volvió a clavar sus ojos en los suyos, duros y ligeramente acusadores—. Ellos… ellos hablan de tu promiscuidad, de las mujeres que han visitado tu dormitorio a cambio de favores…

—Siran, son solo rumores. —La interrumpió Gya, indignada—. A la gente le gusta hablar e inventarse cosas sobre los demás, sobre todo cuando se trata de personas en cierta posición elevada.

—¡Pues yo no puedo dejar de pensar en que si soy tu Primer Paladín es por haberme metido en tu cama! —Le espetó la joven al borde de las lágrimas, las emociones parecían haber roto finalmente el dique que las contenía—. Lo oigo una y otra vez, una y otra vez, ¡¿cómo quieres que lo ignore?!

Gya no pudo evitarlo, su mano se movió casi por impulso abofeteando la cara de Siranna. La paladín se quedó muda, con la mirada clavada en el suelo y las lágrimas rodando por sus mejillas.

—No voy a dejar que me llames… que me insultes así. Tú no… —Gya trataba de serenarse, lográndolo a duras penas y lamentando ya el haber golpeado a la joven; se suponía que no debía perder así la paciencia con nadie, mucho menos con ella, pero lo cierto era que aquellas acusaciones, por falsas que fueran, escocían el doble al salir de los labios de la castaña.

Siranna, sin mediar palabra, sin ni siquiera dirigirle una mirada más, abandonó el cuarto, cerrando tras de sí con un fuerte y sonoro portazo; parecía que alguien más había perdido la compostura. Gya no apartó la mirada de la puerta durante unos largos segundos.

—Muchacha estúpida —susurró finalmente.

 

No volvió a ver a Siranna el resto de aquel día ni durante la noche, era como si su Primer Paladín se hubiese esfumado del complejo del templo, ni siquiera la vio aparecer durante la cena. Y a la mañana siguiente, aunque trató de disimularlo, no pudo evitar sorprenderse al ver que era Kion, el Cuarto Paladín, quién entraba a su servicio aquel día; Siranna no era de esas personas que dejaban que sus sentimientos afectasen a su trabajo, sin embargo, no se había presentado ante ella.

El día transcurrió lento, la rutina habitual teñida por una extraña inquietud que fue creciendo en el interior de la Suma Sacerdotisa con el paso de las horas. La tarde fue cayendo en llamas de fuego y al volver de la última ceremonia religiosa del día, Gya ya no pudo aguantar por más tiempo la pregunta entre sus labios.

—Kion, ¿dónde está Siranna? Creía que hoy estaría todo el día a mi servicio. ¿Ha cambiado las guardias?

El moreno paladín y su mejor amigo se la quedó mirando unos segundos, como el resto de los Paladines estaba al tanto de la relación entre ambas, de hecho sabía más que la mayoría, y la pregunta lo había sorprendido; normalmente las dos mujeres sabían perfectamente dónde estaba la otra. Haciendo un claro esfuerzo para evitar la pregunta que seguro quería hacer, pese a la profunda confianza que existía entre ambos, Kion le contestó.

—Partió esta mañana a primera hora junto a Tadekan y otros soldados para comprobar la existencia de un grupo de hombres armados a no más de media jornada de Tredon que varios exploradores han mencionado en sus informes. Quería descubrir si son o no una amenaza.

Gya asintió y sintió cómo un escalofrío recorría su espalda.

—¿Esta mañana? ¿Y aún no han regresado? —inquirió.

—Sí, la verdad es que ya deberían estar de vuelta. —Kion observó la expresión alarmada de la mujer y trató de tranquilizarla—. Pero no te preocupes, seguro que el motivo de su retraso no es nada. Quizás se hayan entretenido hablando con esos hombres, averiguando qué los trae por esta zona.

Pese al intento, las palabras del paladín no lograron calmarla. Si todo había ido bien, lo lógico era que el grupo ya estuviese de vuelta en Tredon, sin embargo, las horas pasaban, su preocupación aumentaba y de Siranna y los demás no había noticia.

El crepúsculo tocaba casi a su fin, cuando llamaron a la puerta de los aposentos de la Suma Sacerdotisa. El corazón de Gya se aceleró, esperaba ver aparecer a la joven paladín y que esta le dijera, aunque fuese enfadada y con frialdad, que todo estaba en orden. No obstante, cuando Kion abrió la puerta, fue Tadekan quién la cruzó. Gya perdió toda su frágil tranquilidad al ver el aspecto del Segundo Paladín: traía el rostro manchado de polvo y los rojos cabellos alborotados, todavía vestido con las ropas de batalla, la sobrevesta blanca empapada de oscura sangre desde el pecho hasta el borde inferior de la tela.

—Mi señora —saludó con voz cansada.

—¿Qué ha ocurrido? —Deseaba preguntar por Siranna, porque si no estaba allí para informarla ella misma…, mas se contuvo, un nudo cerrándose en su garganta y otro en su estómago.

—Una emboscada, al parecer nos estaban esperando —contestó Tadekan.

—¿Quiénes?   —preguntó Kion, mientras le servía una copa de agua al pelirrojo, que bebió con avidez antes de contestar.

—Se llaman así mismos Hijos de Dios, parece que pertenecen a esa nueva religión del norte. Maldita sea, nos atacaron sin ninguna provocación.

—¿Esa sangre…? —Señaló Gya sin poder contenerse más, necesitaba saber.

—No es mía… —El hombre se miró la ropa unos segundos, como si la viese por primera vez y su rostro palideció de golpe—. Es… es de Siranna.

Gya sintió como si el suelo desapareciera a sus pies; parecía tanta sangre, demasiada.

—¿Dónde está? ¿Cómo se encuentra? —musitó, como si el miedo quisiera llevarse sus palabras y tuvo que apoyarse en la mesa al sentir que le fallaban las piernas.

—Los sanadores la están atendiendo ahora mismo. Está… —Tadekan vaciló, los ojos verde grises mirándola con compasión—. Está grave, fue herida por un venablo en el costado y recibió un golpe en la cabeza… Creo… creo que ha perdido mucha sangre.

—Tengo que ir con ella. —Gya se dirigió hacia la puerta, pero ni siquiera llegó a ella, Kion se interpuso en su camino.

—Déjame pasar, tengo que verla —le dijo al hombre, tratando de apartarlo de su camino, pero Kion no se movió ni un palmo y la tomó por los hombros suavemente, pero con firmeza.

—Cálmate, de nada va a servirle que estés así, como tampoco que vayas a verla ahora —dijo el moreno paladín, en su mirada azul no había lugar para discusiones, mas Gya tenía que seguir adelante, ir junto a Siranna.

—Pero… quiero estar con ella —musitó forcejeando sin éxito con su viejo amigo.

—Mi señora, ahora no serías más que un estorbo para los sanadores que la están curando. Por favor, calmaos y aguardad aquí noticias. —Pidió Tadekan.

—Haznos caso, Gya. Es mejor así —insistió Kion.

—No… Me necesita… Tengo que estar a su lado. Déjame pasar, Kion, por favor… —suplicó temblando, empezando a ser consciente de la gravedad de la situación, de que la vida de Siranna bien podía pender de un hilo.

—Shsss. —Kion la envolvió entre sus brazos y la estrechó entre ellos.

—Cálmate, Gya y piensa. Los sanadores no van a dejar que te acerques a ella hasta que hayan terminado. Tienes que tener paciencia. Sé que no es fácil, pero tienes que esperar y ser fuerte, ¿de acuerdo? Yo estoy contigo.

Tras unos minutos más, Gya finalmente logró tranquilizarse algo y separándose del abrazo de Kion, se fue a sentar en uno de los divanes que ocupaban la estancia. Su amigo tenía razón, en el fondo ella sabía que de nada iba a servir que fuera ahora al lado de Siranna, que no podría verla, que los sanadores se lo impedirían. Lo mejor sería esperar a que llegasen buenas noticias. Por la Diosa que esperaba que fuesen buenas noticias.

—Tadekan, cuéntame que ha pasado y cómo están los demás soldados.

El hombretón asintió, Gya necesitaba distraer la mente de la horrible preocupación que sentía en su corazón y retomar de alguna forma la compostura, el resto de moradores del templo y el visitante ocasional no podían verla derrumbada y llorando por las esquinas, era la Suma Sacerdotisa y aunque la persona que más amaba en el mundo estuviese luchando por su vida en aquel momento, debía ser fuerte y mantenerse firme, ponerse aquella regia máscara que la alejaba del resto. Más tarde, cuando estuviese a solas podría permitirse volver a sentir miedo y ansiedad, a llorar si lo necesitaba, pero no mientras el día todavía durase.

Cuando el Segundo Paladín terminó su relato de lo ocurrido y Gya estuvo al tanto de que, a parte de Siranna, había otros tres hombres heridos y dos muertos, le dio permiso para retirarse a descansar. Kion se quedó junto a ella como había prometido. La noche había envuelto por completo la ciudad.

Gya se llevó las manos al rostro y trató de contener las lágrimas lo mejor que pudo. Ya no había nada que distrajese su mente y Kion era lo más parecido a un hermano de verdad que tenía en aquel lugar.

—Por la Diosa, ¿y si algo le ocurre…? Si ella muere yo…

—Eso no va a ocurrir —negó cortándola Kion— Siranna es fuerte, es una luchadora, no se va a rendir tan fácilmente.

—No lo entiendes, Kion. —Sacudió la cabeza—. Llevamos días sin hablarnos prácticamente y ayer discutimos y las cosas no quedaron bien entre nosotras. Diosa… la abofeteé y ni siquiera he podido disculparme… Quiero estar con ella. —Miró a su amigo a los ojos y allí solo encontró comprensión y compasión.

—Entiendo cómo te sientes —Kion pasó por alto el comentario sobre la bofetada, aquel no era el momento—, si algo les pasase a Saede o Gisen querría lo mismo, pero ahora debes ser fuerte y rezar por ella. —La abrazó de nuevo—. Estoy seguro de que podrás disculparte en cuanto despierte.

 

Era ya noche cerrada cuando volvieron a llamar a la puerta, Gya se levantó como un resorte, aunque fue Kion quien abrió; volvía a ser Tadekan, con ropa limpia y el rostro más sereno. Miró a Gya.

—Los sanadores ya han acabado, ahora está descansando, pero puedes ir a verla.

Gya asintió, su corazón había vuelto a latir; estaba viva y podría ir a su lado. No la sorprendía que Tadekan fuese quien le trajese aquellas noticias, probablemente el hombretón, tras lavarse y cambiarse, no se habría movido de la puerta de las estancias de sanación en ningún momento, Siranna era poco menos que una hermana pequeña para él, habían sido maestro y pupila durante mucho tiempo y el lazo que los unía era fuerte.

—Vamos —dijo Gya finalmente y junto a los dos paladines se encaminó a las estancias de sanación, que se encontraban en un edificio de una sola planta dentro del complejo del templo, apartado del resto por un jardín que lo rodeaba completamente; un lugar de paz y reposo, un lugar de curación.

Por dentro, el edificio consistía en una larga sala con camas a ambos lados y otras estancias menores, estaba en semi penumbra, varios hombres y mujeres descansaban en los lechos, algunos se quejaban en sueños, otros dejaban escapar quejidos sin llegar a dormirse; unos pocos sanadores se movían entre ellos.

Un hombre enjuto salió a su encuentro, vestía la toga sacerdotal, pero Gya sabía que era uno de los mejores sanadores de Tredon.

—Buenas noches, mi señora —saludó al llegar a su altura.

—Derman —dijo Gya— ¿dónde está?, ¿cómo se encuentra?

—Seguidme. —Echaron a andar hacia el fondo de la habitación—. La tenemos en una de las estancias individuales. Ahora mismo está inconsciente, sumida en un sueño profundo. Afortunadamente pudimos parar la hemorragia y cerrar la herida, sin embargo, ha perdido mucha sangre y el golpe en la cabeza también ha sido bastante fuerte, es posible…

—¿Que no despierte nunca? —inquirió Gya casi ausente, deteniéndose ante la puerta, sin querer realmente pensar en aquella posibilidad.

—Temo que así sea —asintió el sanador con tono suave.

—Derman, ella es fuerte, sé que despertará y se recuperará. —Tenía que creer en ello, porque si no lo hacía, se derrumbaría.

El sanador no dijo nada más y abrió la puerta; la habitación estaba apenas iluminada por unas velas, bajo una ventana, por la que se veían algunas estrellas, yacía Siranna sobre un estrecho lecho. Gya se acercó a ella lentamente, casi sin creer lo que veía; la joven tenía la cabeza vendada a la altura de la frente, los brazos desnudos reposaban inertes a ambos costados, una sábana blanca cubría su cuerpo ocultando la grave herida que tenía al costado. Se detuvo al lado de la cama y con extrema suavidad acarició su cara, apartando algunos mechones castaños. Tan solo parecía dormir, sin embargo, estaba muy lejos de ella ahora.

—Habladle, puede que os oiga en su sueño. Os dejaré a solas, dentro de un rato pasará alguien a ver cómo sigue.

—Gracias.

Derman abandonó el cuarto y Kion y Tadekan ocuparon su lugar unos instantes, para irse tras darle sus ánimos a Gya y apretar una de las manos de Siranna. Gya acercó la única silla que había a la cama y se sentó tomando la ahora empalidecida mano de la paladín. Durante unos minutos permaneció en silencio; no sabía qué decir, se sentía tan culpable de lo ocurrido el día anterior, de aquella estúpida discusión, de que las últimas palabras que habían intercambiado fuesen de enfado y el último gesto una bofetada y un portazo, y ahora ella yacía allí entre la vida y la muerte, sin saber si podría disculparse, si volvería a decirle lo mucho que la quería y la necesitaba. Las lágrimas brotaron inconscientes de sus ojos.

—No te la lleves de mi lado —rogó a la Diosa desde lo más profundo de su corazón, llevándose la mano de Siranna a su frente—. No te mueras, Siran, no me dejes sola ahora que por fin te había encontrado. Eres lo más importante para mí y hay tanto por vivir juntas.

Dio un profundo suspiro y trató de calmar como mejor pudo el llanto incipiente que amenazaba con cerrar su garganta.

—Pronto nevará, —susurró en la quietud de la noche—, así que tienes que recuperarte para que podamos pasear por la ciudad cubierta de nieve, como tanto te gusta. Para ir a jugar con los niños del templo a tiraros bolas de nieve y hacer muñecos.

»Vamos, Siran, eres fuerte, no te rindas o nunca te lo perdonaré.

Gya pasó toda la noche junto a la cabecera de Siranna, a medias despierta, a medias sumida en una duermevela inquieta y cargada de pesadillas. Solo se apartó de su lado para atender sus deberes con el templo y la ciudad, pero su mente y corazón estaban siempre con ella todo el día. Cuando volvió a la habitación en el ocaso, la joven seguía inconsciente y sin cambios, aunque, según Derman, la herida del costado parecía sanar sin problemas. Y lo cierto era que parecía haber recuperado algo de color, aunque su tez seguía demasiado pálida.

Gya pasó allí las horas nocturnas de los siguientes días, hablándole sin parar, prometiéndole que cuando despertase todo estaría perdonado, que no tenía por que dudar de ella, que hablarían de todo aquello hasta que ya no tuviese duda alguna. Le habló de lo que había hecho durante el día, de los oficios y ceremonias, de los problemas que la gente le presentaba, de los nuevos Iniciados y de los que se preparaban para superar la Prueba. De los Paladines que cuidaban de ella día y noche y que echaban en falta su presencia y su mando.

Vio ir y venir a Derman y los ayudantes que atendían a los enfermos y heridos, que se aseguraban de que la terrible herida del costado sanase adecuadamente y no se emponzoñase, de darle a Siranna un extraño bebedizo que evitaría que se consumiese al no comer ni beber en su inconsciencia. Vio pasar por la habitación a Brenden, el protegido de la joven paladín y que era como un hermano pequeño para ella, a los otros nueve Paladines y a otros amigos de la joven guerrera; todos ellos siempre le dirigían algunas palabras, pocas o muchas, que enternecían el corazón de Gya. Siranna no solo se había ganado su corazón, sino el de muchos otros.

—Por eso tienes que despertar, Siran… —Acarició su frente con dedos suaves y deseó con todas sus fuerzas que sus ojos se abrieran—. Despierta, por favor, mi amor…

—Gy… a…

Al principio, Gya pensó que lo había imaginado, pues no había sido más que un débil susurro, pero al mirar el rostro de la guerrera vio reflejadas en sus ojos oscurecidos las llamas de las velas que iluminaban la pequeña estancia.

—Siranna… Gracias a la Diosa… —exclamó sintiendo que un enorme peso se levantaba de su pecho, estrechó la mano que mantenía en una de las suyas y sonrió a la mujer que la miraba con los ojos todavía entornados.

—¿Dónde…? —La voz ronca y cascada por la falta de uso sonó un poco más fuerte esta vez.

—En Tredon, en las estancias de curación —se apresuró a explicarle—. Te hirieron, pero ya estás bien. Déjame que avise a uno de los sanadores de que has despertado.

Hizo ademán de levantarse, pero Siranna se aferró a su mano con las pocas fuerzas que logró reunir. Gya se volvió hacia a ella y volvió a dedicarle una sonrisa tranquilizadora.

—Volveré enseguida, no te…

Pero Siranna sacudió la cabeza, negando y deteniendo sus palabras.

—Lo siento —la oyó decirle con aquella voz enronquecida—. Siento todo lo que te dije… No merezco…

—Shsss… —Gya se inclinó sobre ella y puso un dedo amable sobre sus labios, silenciándola—. Eso puede esperar, ahora lo que importa es que te recuperes del todo. Pero —dijo depositando un cálido y tierno beso en su frente— te perdono.

Cuando se incorporó, una pequeña sonrisa adornaba los labios de Siranna, que tras estrecharle la mano una vez más, la soltó y la dejó ir en busca de algún sanador. Sabía que volverían a hablar de ello cuando Siranna estuviese más recuperada, aunque tenía casi la certeza de que no habría más acusaciones por parte de la paladín, pero si las hubiera, esta vez no perdería la paciencia, escucharía hasta el final y después las refutaría con la verdad, que nunca había concedido favores a nadie por meterse en su cama y que era la propia Siranna la que se había ganado a pulso el puesto de Primer Paladín desde el día que le salvó la vida. Le repetiría aquello las veces que hiciera falta. No estaba dispuesta a perderla por una tontería como aquellos rumores, cuando había faltado poco para perderla por completo.

 

En los días que siguieron, Siranna fue recuperándose poco a poco de sus heridas, su piel perdió palidez y ganó en color. Cuando los sanadores lo vieron oportuno, se le permitió dar cortos paseos por los jardines que rodeaban las estancias de sanación, Gya la acompañaba siempre que disponía de algo de tiempo libre para estar a su lado, pero la joven paladín nunca estaba realmente sola, ya fuera por la presencia de la Suma Sacerdotisa o la de alguno de sus amigos más íntimos.

Y durante aquellos días de obligado descanso y reposo, las dos tuvieron largas conversaciones, se volvieron a pedir perdón, aclararon los malentendidos, aceptaron las disculpas y Siranna le prometió que jamás se marcharía de su lado enfadada como había hecho semanas atrás y que, no importaba qué, ella siempre lucharía hasta el final para poder volver a su lado. Pues aquello había traído a Gya temores que hasta ahora no sabía que albergaba; Siranna era una guerrera, su camino era el de la espada y aunque ahora Tredon vivía en paz, parecía que encontrar nuevos enemigos que pudiesen amenazarles no iba a ser difícil y como Primer Paladín, Siranna siempre estaría en primera línea de batalla.

«Amar a un guerrero significa pasar por estos momentos de inquietud e incertidumbre hasta que vuelve a tu lado. Te juro por la Diosa que haré todo cuanto esté en mi mano para volver junto a ti siempre.» Esas fueron las palabras que Siranna le había dicho cuando Gya dio voz a aquel miedo y aunque no habían aliviado su temor, sabía que debían bastar, así que las aceptó y le dijo a la joven que más le valía cumplir siempre aquel juramento. Siranna asintió, le sonrió y la besó sellando su nueva promesa.

. — . — . — .

Gya tiró de la manta al sentir un escalofrío recorrer su cuerpo. Se despertó al no encontrar resistencia alguna, abrió los ojos y al mirar a su lado vio que la cama estaba vacía. Se incorporó y buscó con la mirada a Siranna en la semi penumbra que envolvía el dormitorio. La paladín estaba de pie frente a uno de los ventanales, cuya hoja estaba abierta dejando paso al frío de la noche. La luz de una luna llena bañaba en plata y azur el cuerpo de la joven y por unos segundos Gya no encontró palabras que hicieran justicia a la hermosa imagen que tenía ante así: la mujer que amaba bajo los argénteos rayos de la luna, como una hada salida de un cuento bajo luces de cristal y plata resplandeciente.

La caricia helada de la brisa nocturna en el rostro la trajo de vuelta al mundo real.

—¿Se puede saber qué haces ahí con la ventana abierta? —inquirió ciñéndose la manta más al cuerpo.

—Ha estado nevando hasta hace poco. La luna acaba de salir y todo se ve precioso. —Siranna se volvió a mirarla un momento, sonreía de oreja a oreja, para después devolver su atención de nuevo al exterior.

Gya suspiró, todos los años era igual; a Siranna le fascinaba la nieve, podía pasarse horas viendo nevar, incluso en la calle. «En mi tierra solo nieva en las montañas más altas.» Le había explicado la joven la primera vez que vio caer los blancos copos sobre la ciudad, en su mirada brillando una fascinación casi infantil, que Gya había encontrado enteramente adorable.

—¿Y no puedes mirar con la ventana cerrada? ¿Acaso quieres matarnos de una pulmonía?

—No es lo mismo. —Y dicho aquello, salió al balcón, descalza y cubierta únicamente con la camisa de dormir.

Gya tiritó con solo mirarla y decidió que si Siranna quería morir congelada, no era asunto suyo, hacía demasiado frío como para que lo fuera. Así que volvió a tumbarse en la cama y se arrebujó entre las mantas, prácticamente enterrándose entre ellas. No pasó mucho tiempo hasta que un cuerpo helado vino a buscar calor enroscándose a su alredor; medio dormida envolvió a Siranna entre sus brazos y buscó sus labios entre las sombras.

—Ves, el frío también tiene sus cosas buenas —susurró Siranna reposando la cabeza sobre su pecho y apretándose más contra su cuerpo.

El sueño pronto volvió a reclamarlas a ambas, envueltas en el calor que sus cuerpos entrelazados irradiaban.

 

De repente, algo frío y húmedo la golpeó en la mejilla derecha bajo el ojo y aunque el golpe había sido suave y apenas sin fuerza, fue suficiente para despertarla en el acto.

—¿Pero qué…?

Una bola de nieve pasó rozándole la cabeza, estrellándose contra el cabecero de la cama. Las primeras luces del amanecer se filtraban a través del ventanal abierto, frente al que Siranna, con los ojos encendidos y una mirada divertida en ellos, ya preparaba un nuevo proyectil, una sonrisa gatuna se perfilaba en sus labios.

—¡Hora de levantarse! —exclamó la joven.

—¡Estás loca! —espetó Gya, pero, aunque quisiera, no podía esconder la sonrisa que iluminó su rostro.

Se levantó envuelta en la manta, quitándose restos de nieve de la cara, y antes de que Siranna pudiese tirarle una nueva bola, se lanzó contra ella. La paladín no pudo evitarla o hacer nada para suavizar el choque entre sus cuerpos y ambas cayeron al suelo alfombrado del dormitorio.

—¡Auch! —Se quejó Siranna.

—Jaja. —Rió Gya perversamente—. Por lo menos he caído en blandito. —Aunque había que reconocer que el cuerpo entrenado para la batalla de Siranna no tenía mucho de blando. Se sentó a horcajadas sobre los muslos de la paladín, la manta resbalando por sus hombros—. Ahora ya no podrás tirarme nada.

Siranna sonrió de medio lado, se apoyó en un codo para incorporarse ligeramente y acercó su rostro al de Gya para lamer el agua de nieve fundida que aún resbalaba por su mejilla. Gya no pudo evitar estremecerse al sentir la cálida y sensual caricia y un leve sonrojo tiñó su cara. Miró a los ojos aguamarina que la observaban cargados de inconfundible deseo.

—Mm… ¿Y esto tan temprano? No es que me queje —dijo devolviéndole la misma mirada, inclinándose para robarle un beso.

—Es solo que hoy quiero que sea un gran día… Hoy hace un año —contestó Siranna tras el beso, dejándose caer nuevamente con la espalda sobre la alfombra.

La luz no tardó en hacerse en los recuerdos de Gya, comprendiendo a qué se refería la joven. Parecía casi imposible que ya hubiese pasado un año desde aquel día. Su mano acarició con ternura el costado derecho de Siranna, ahí donde la piel se arrugaba en la cicatriz de una herida que estuvo muy cerca de arrebatársela para siempre.

—Entonces aún no había nevado —comentó Siranna mirando brevemente por el ventanal.

—No, el año pasado las primeras nieves se hicieron esperar. —Una tímida lágrima escapó de sus ojos; Siranna se la secó con la yema de los dedos, rozando suavemente su cara.

—Sigo aquí, mi amor. Tu voz me trajo de vuelta. —Dejó la mano en su mejilla y Gya se apoyó sobre ella.

—Estuviste tan cerca de morir aquel día, si hubieses…

Los labios de Siranna besaron los suyos apagando su voz, acallando el resto de aquellas palabras que ninguna necesitaba oír esa mañana.

—Siempre volveré a tu lado… —susurró Siranna entre besos.

El pasado no importaba ya, las promesas habían sido hechas y ninguna las rompería, y ahora era el momento de la pasión, de las manos que recorrían la piel acariciantes, de besos dulces que se iban cargando de deseo con cada segundo que pasaba, del calor de un cuerpo sobre el otro, el estorbo de la poca ropa que llevaban puesta dejado a un lado.

Perdida entre los brazos de Gya el resto del mundo parecía desaparecer a su alrededor, la mujer que sembrada de besos su cuello, cuyas manos se deslizaban deliciosamente lentas por su abdomen, lo era todo, ahogaba todos sus sentidos, llenándolos de ella, y ni Siranna ni Gya oyeron la puerta del dormitorio abrirse.

—Esto…

La vacilante pero conocida voz masculina las sacó de su pequeño mundo particular. Siranna tiró de la manta enredada en la cintura de Gya hacia arriba, cubriendo como mejor puedo la desnudez de ambas. Desde el suelo e invertido vio a un Tadekan que enrojecía por momentos y cuya mirada parecía realmente interesada por algún punto más allá de los ventanales.

—Buenos días, Tadekan —saludó Gya con toda naturalidad, como sino se encontrase desnuda sobre Siranna—. ¿Querías algo?

—Yo… Em… Uno de los sirvientes ha estado llamando a la puerta y como no contestabais… Pensamos que quizás os había pasado algo… Lo siento. —Logró articular el gigantón.

—Ya ves que todo está bien —dijo Siranna—. Ahora ¿te importaría…?

—Oh, no… Disculpad. —Y rojo como la grana, el Segundo Paladín abandonó el dormitorio cerrando tras de sí.

Las mujeres no pudieron contenerse por mucho más tiempo y rompieron a reír en cuanto oyeron la puerta de la antesala cerrarse también.

—Pobre Tadekan, su cara estaba tan roja como su pelo. —Rió Siranna.

—La tuya no anda muy lejos —susurró Gya junto a su oreja, mordisqueándole el lóbulo al final—. ¿Dónde lo habíamos dejado?

—Yo diría que estás en el sitio justo.

Siranna se estremeció y tras unos segundos de sentir los labios de Gya bajo su oreja, en un rápido movimiento invirtió sus posiciones. Sobre ella, Siranna se permitió un momento para observar a la mujer que lo era todo para ella, que siempre lo sería. La paladín sabía en lo más profundo de su corazón que nunca habría nadie más que Gya para ella.

—¿Qué? —inquirió la morena.

—Pensaba en lo mucho que te quiero —musitó Siranna ganándose una brillante sonrisa—. Y que no hay mejor manera de empezar este día que contigo, así.

Gya le mostró su acuerdo atrayéndola hacia sí, uniendo de nuevo sus cuerpos y sus labios.

Ciertamente, no había mejor forma de celebrar que seguían vivas y juntas un año después de aquel incidente. Ambas estaban de acuerdo.

(Para aquellos qué se pregunten a qué se refería Siranna con «(…) Tadekan me ha pillado en situaciones más comprometidas». Capítulo 9: Lágrimas por los que se han ido. Despedidas. Página 143. 😉 )

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2 comentarios

Publicado por en 24 noviembre, 2014 en Fantasía, Fragmentos

 

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2 Respuestas a “Memorias de Tredon

  1. Robin

    26 enero, 2015 at 6:30 pm

    Muy buen relato, me ha encantado. La verdad es que cuando Tadekan dijo eso, yo estaba deseando que explicara a que se refería exactamente xD
    El libro es entretenido y tiene muy buenos personajes pero Siranna y Gya son claramente mis favoritas. Toda su historia me pilló por sorpresa y eso lo hizo aún mejor.
    No me importaría en absoluto leer una secuela/precuela (lo que sea) con ellas de protagonistas xD

     
    • Helena Ramirez

      26 enero, 2015 at 7:52 pm

      Gracias por comentar ^^. Voy a tener que ir pensando en escribir esa secuela/precuela de ellas, no eres la primera persona que me la pide xD

       

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