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Memorias de Dabarra

24 Nov
Memorias de Dabarra

Era triste, sí, que el mundo hubiese cambiado de esa manera, que la humanidad hubiese perdido todo su poderío, su ciencia, su cultura; las antiguas ciudades no eran más que viejas ruinas cubiertas de salvaje vegetación y los hombres habían vuelto a refugiarse en pequeños asentamientos autosuficientes, dejando el comercio, antaño extenso y numeroso, en unas pocas manos. La grandeza de eras pasadas desaparecida en los nuevos vientos del tiempo.

Una enjuta figura, envuelta en una capa oscura y apoyada en un cayado, observaba desde la cima de una herbosa colina los enverdecidos muros de la que antaño había sido una gran ciudad.

—Es tan triste verla así —dijo una voz abatida a su espalda—. Y la magia perdida, desaparecida…

—No, desaparecida no, solo está encerrada, lejos del alcance de nuestros viejos enemigos… Y de nosotros. Pero no nos deprimamos, algún día los magos resurgirán, la magia será liberada y volverán a construirse ciudades como Dabarra. Algún día, mi joven Gadaofru, tú guiarás a un mago hacia ese fin. Mas no olvides que probablemente eso traerá consigo también a nuestro viejo enemigo, porque este jamás se rinde.

El hombre del cayado se volvió hacia el más joven, escrutándolo con sus profundos ojos color amatista, que tanto habían visto a lo largo de los años, sus largos cabellos blancos se mecieron en la suave brisa que acariciaba la colina.

—Tú y yo somos los últimos magos que aún viven de aquellos que crearon el Báculo, los últimos que saben la verdad, que recuerdan tiempos mejores, pero mi tiempo se acaba…

—Aún no, viejo amigo. —Gadaofru no pudo reprimir el escalofrío que recorrió su espalda al pensar en que aquella vieja figura fuera a desaparecer de su vida, una vida tan larga para ambos, pero sobre todo para el mayor, que ninguno de los hombres que ahora poblaban la tierra podría creer.

—De nada sirve negarlo. —El anciano sonrió benevolente—. He vivido demasiados años y estoy muy cansado. Y hace ya mucho que lo que más amaba de este mundo se fue. Ya es hora de despedirme, tumbarme y dejarme ir. ¿Me acompañarás una última vez?

—No tienes que preguntarlo. —Gadaofru apenas escondió la honda pena que se había adueñado de su corazón.

El hombre asintió y juntos descendieron la colina hacia la antigua ciudad que dormía olvidada a sus pies. Los pasos del mayor seguros y decididos, sabían claramente hacia dónde se dirigían entre los ruinosos edificios, por los que largo tiempo atrás el mismo había caminado. El más joven lo seguía reprimiendo las lágrimas, tratando de aparentar fortaleza en aquel último paseo con el amado maestro y amigo, muchos eran los años que ambos habían compartido y le resultaba difícil imaginar una vida en la que él ya no pisaría la tierra.

Pese a que la vegetación la invadía por doquier y sus riquezas y hermosas piedras habían sido saqueadas en gran medida, la ciudad aun imponía su silenciosa solemnidad, que había transcendido al tiempo y la ruina; todavía podían reconocerse las antiguas plazas donde fuentes cantarinas habían vertido aguas cristalinas, el viejo barrio de los libreros o la antaño animada avenida de las posadas. Si cerraban los ojos, ambos podían todavía ver a la gente abarrotando la plaza del mercado, grupos de estudiantes e iniciados sentados en la suave hierba de los parques a la sombra de los árboles los calurosos días de verano, a los niños correteando por las callejuelas nevadas en invierno, jugando y riendo, tirándose bolas de nieve. Podían oír y casi oler los sonidos y fragancias de entonces, de cuando la ciudad se levantaba magnifica sobre la tierra y pulsaba llena de vida y voces, de sabiduría y magia. Incluso podían ver los rostros de amigos y amantes pasados, de gente que habían querido y admirado, de la que habían aprendido y a la que habían enseñado. No, aquellas no eran simples ruinas para estos hombres.

Perdidos entre recuerdos de aquel lugar, llegaron a un pequeño terreno despejado, entre la hierba los restos de un pequeño murete de piedra enmohecida; su camino terminó ante una losa ennegrecida por el tiempo, las lluvias y el polvo. Una tumba sin nombre. El anciano se arrodilló junto a la tumba y acarició la piedra con suavidad y ternura, sus ojos brillaban emocionados con los recuerdos de un pasado remoto.

—Siempre le gustaron las calles de Dabarra, sus gentes, la vida que palpitaba en ella. Los años pasados aquí fueron los más felices de ambos, luego la guerra y el tiempo nos separaron, pero jamás nos olvidamos el uno del otro y mantuvimos la vieja promesa. Sí, la mantuvimos.

El anciano sonrió rememorando viejas memorias y, dejando en el suelo el cayado, se recostó junto a la tumba, sus níveos cabellos se extendieron sobre la hierba.

—Te deseo suerte en tu última tarea, Gadaofru, y que la Diosa te proteja. Ahora eres el último guardián del Báculo, como fue decidido. Que los largos años de espera y guardia te traigan sabiduría y paz. —El anciano cerró los ojos y pareció dormirse tranquilamente, sin embargo, de aquel sueño ya no despertaría, dejando ir su espíritu más allá de la materia y las ataduras de lo físico.

—Adiós, viejo amigo, que en tu nueva senda encuentres lo que tanto has anhelado.

Gadaofru, tras un largo rato de silencio, en que numerosas lágrimas fueron derramadas, enterró al anciano junto a la vieja tumba, como fuera su deseo. Limpió la losa y con cuidado y esmero grabó en ella dos nombres, para que nunca más fuese una tumba olvidada. Después tomó el cayado, cuyo tamaño había disminuido notablemente, echó un último vistazo a la tumba y se despidió en silencio de los que allí yacían. Era el momento de comenzar su larga guardia, la última de todas, pues era el único que quedaba de todos cuantos una vez pronunciaron el juramento. Apretó el cayado entre sus dedos y se puso en marcha, dejando el pasado atrás, como dejaba Dabarra y sus fantasmas con cada paso que daba.

Cuentan que mucho, mucho tiempo después, cuando el nombre de Dabarra no era más que un lejano recuerdo en las mentes de los hombres más sabios y su ubicación se había olvidado para siempre, aún se podía leer la inscripción de la lápida, parca en palabras, pero que era un homenaje a los que dormían allí:

«Aquí descansan juntos por siempre Jarod y Ardio, cuyos corazones jamás dejaron de amarse.»

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Publicado por en 24 noviembre, 2014 en Fantasía, Fragmentos

 

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